martes, 15 de abril de 2008

Son mis amigos...


En este caso, es mi amiga. Nos conocimos en el colegio a los 16 años y, aunque ya teníamos cada una nuestro grupo, en seguida nos llevamos bien. A pesar de ser distintas en muchas cosas, o por ser parecidas en tantas otras. No sé, en la amistad también hay química.

Compartimos el viaje de egresados a los 17, donde nos hicimos muy compinches y conocimos en una disco a los rugbiers tucumanos que nos siguieron a todas partes declarándonos su amor eterno de una semana. A los 19 nos fuimos de vacaciones solas por primera vez. Fueron unas vacaciones inolvidables con playa y salidas. Ahí nos hicimos amigas de "los mendocinos" (los dos chicos más lindos que ví en toda mi vida).

Fue testigo de mi casamiento, no podría haber elegido a otra. Se asombró de mi tranquilidad, no podía creer que estuviera así un día tan importante. Con el tiempo supo el motivo.

También estuvo ahí el día que nacieron mis hijos, con sus regalitos y sus novios (siempre uno nuevo). Mi hija la adora, y creo que es porque los chicos tienen un sexto sentido para percibir el cariño de las personas. En los cumpleaños, su llamada siempre está entre las primeras del día.

Tampoco faltó en los momentos de tristeza, siempre supo entender cuando quise estar sola o necesité compañía. La apoyé cuando se rompió su pareja de muchos años, y traté de ayudarla a rearmar su vida. Sufrí por su desengaño y porque no había podido concretar el proyecto de tener una familia.

Ayer me llamó para despedirse antes de salir de vacaciones rumbo al sur. Le deseé toda la suerte del mundo, y cuando colgué me puse a pensar cuanto tiempo hace que nos conocemos. Es por eso que últimamente no puedo dejar de notar que está triste, que siente que la vida le debe algo, que tiene temas pendientes. Lo noto en su voz y en su mirada, en su falta de entusiasmo cuando habla de algunos logros que antes la hubieran hecho verse más feliz. Tal vez lo noto más cuando mira a mis hijos, y recuerdo cuando se le llenaron los ojos de lágrimas al recibir el regalito que ellos le trajeron del mar.

Ale, no sé si alguna vez te voy a dejar leer esto, pero siempre te lo digo: quiero que vuelvas a ser la de antes, que recobres tu alegría y tus ganas de vivir, que tengas proyectos, y sobre todo te deseo de corazón la felicidad que merecés. Te quiero mucho amiga.

sábado, 12 de abril de 2008

Sin pareja - Parte 1


Nunca pensé llegar a los 40 sin pareja. No fue una elección personal, ni siquiera una imperdonable negligencia ni el descuido de una relación. Un giro imprevisto del destino me colocó en esta encrucijada en pleno comienzo del siglo XXI.

La cantinela repetida hasta el hartazgo en las revistas femeninas es "no hay hombres". Estas, entre paréntesis, parecen escritas por sádicos que disfrutan haciendo sufrir a las mujeres con sutiles y elaborados métodos de tortura psicológica. Pero este tema daría lugar a otros comentarios, y ahora no quiero desviarme de mi objetivo.

Es así que desemboqué imprevistamente en esta situación de falta de pareja. Luego de un tiempo -bastante largo he de confesar- de dolor y desorientación, me encontré con la agradable novedad de que podía llegar a ser objeto de, digámoslo de alguna manera, observación masculina. Creo que admiración es una palabra demasiado exagerada para describir la situación.

Gracias a la divina providencia, nací dotada de una enorme capacidad de pasar por alto lo que no me interesa; por lo que no tuve necesidad de detenerme en las miradas libidinosas de señores casados, veinteañeros ansiosos de concretar algo, vividores consuetudinarios, etc. Y hasta pude esquivar varias trampas cazabobas plantadas por madres desesperadas tratando de librarse de sus hijos solteros o divorciados instalados cómodamente en la casa familiar.

También tuve que pasar por alto las reiteradas charlas de mis padres sobre determinada persona y sus logros. Si, esos mismos padres que a los veinticinco me miraron con escepticismo cuando decidí casarme, ahora estaban intentando reinsertarme en la vida de pareja. Por supuesto, y para no modificar la costumbre familiar, tampoco en esto estuvieron de acuerdo: mi papá optó por un soltero de su conocimiento y mi mamá por un viudo con tres hijos del conocimiento de mi tía.

Lo más patético fue oír los comentarios "casuales" que ambos me hacían en privado sobre las bondades del candidato elegido por cada uno, porque no se atrevían a hablar cuando estaba el otro presente. Gente de la que yo hasta ese momento casi no conocía su existencia se transformó en objeto de la más detallada información sin aparente motivo ("un chico buenísimo", "es muy trabajador", "está solo", "quiere conocer a alguien", etc.). Y como tampoco era mi intención modificar las costumbres familiares, volví a utilizar mi tradicional método de escape de charlas incómodas: poner cara de tonta y no hablar. No es de extrañar que gracias a este comportamiento pseudoidiota que adopté desde la más tierna infancia siempre se sorprendieran cuando traía buenas notas del colegio, es que soy una incógnita para ellos.

Por suerte, otro tema es el de las amigas. No parecen muy entusiasmada con el hecho de que pueda llegar a formar una nueva pareja. Varias recuperaron a una compañera de salidas y de viajes. Las solteras que no conocieron el verdadero amor no ven justo que me vuelva a suceder a mí: primero les toca a ellas. Y todo posible candidato es sometido al más despiadado análisis, aunque en su caso estén manteniendo una relación desastrosa con el hombre que salen. Pero ésto siempre es temporario, para ellas las cosas van a mejorar: en algún momento él se va a dar cuenta de cuánto la quiere, él va a dejar ese vicio, él va a necesitar comprometerse, él la va a llevar a cenar afuera más seguido, él va a dejar de ser tacaño, él le va a presentar a la familia y otra serie de esperanzas infundadas.

Mientras tanto, en mi caso las cosas siempre van a tender a empeorar. Es así que aparecen los comentarios sobre alguien (pobre de él) que osa cruzarse en mi camino: es un golpeador, tiene mucho dinero porque estafó a la ex, tiene un hijo no reconocido, si te llama todos los días es un psicópata pero no se nota porque además es un simulador, etc.

Mis amigas casadas, por su parte, no dejan de recordarme que tengo dos hijos, que es un peligro pensar en convivir con un hombre extraño, y que a ellas "ni locas" se les ocurriría volver a formar otra pareja si estuvieran en mi situación. ¿Para qué? Si así estás tranquila y podés disfrutar de tus hijos. Sólo les falta recomendarme la castración química. Quién sabe qué ideas fluyen por esas cabezas de amas de casa desesperadas acerca de mi eventual futuro... ¿Mereceré vivir?

Y es así que en medio de todo este maremágnum de opiniones transcurre mi vida de soledad acompañada. Obviamente voy a contar lo más importante: mis impresiones personales, pero antes de hacerlo se me ocurrió que sería ilustrativo dar este pantallazo previo sobre mis circunstancias.

jueves, 10 de abril de 2008

Momento de decisión


Hoy me encontré por casualidad con una amiga. Es una chica divina: linda, inteligente y le encanta su trabajo. Hablamos de varios temas, y entre ellos me comentó que en estos días va a intentar enterarse qué tipo de relación está manteniendo con alguien, a "definir", según sus palabras. Armamos una salida en grupo para la próxima semana y nos despedimos con beso y sonrisa.

Esa charla me dejó pensando acerca de qué tipo de relación obliga a alguien a preguntar a la otra persona sobre las características de la misma. No me fue demasiado difícil encontrar la respuesta: una relación que no existe, que sólo vive en su imaginación con las características que ella le atribuye. Si fuera solamente amistad y así lo comprendiera, no necesitaría definirlo. De la misma manera si se tratara sólo de sexo. Pero ella imaginó una relación que en los hechos no se parece a su ideal. Por eso necesita "definirla" (utilizando sus palabras).

¿Necesitamos preguntarle al otro qué tipo de relación tenemos? ¿Llegamos a dudar en algún momento cuando estamos inmersos en una relación de pareja satisfactoria y comprometida? ¿No somos capaces de ver cuando no lo estamos?

Si ponemos en palabras nuestras dudas y temores exigiendo una declaración verbal del otro acerca de lo que no notamos en los hechos... ¿ganamos algo? Posiblemente una evasiva, tal vez una herida a la autoestima (si el otro es demasiado sincero), o quizás una mentira (si es fabulador). En todo caso, los dichos no van a cambiar la realidad de lo que no tuvimos ni de lo que vamos a tener con esa persona.

¡Cómo nos complicamos la vida! ¿Por qué con una pareja soportamos lo que no nos satisface más tiempo del necesario? ¿Por qué pedir peras al olmo? ¿Por qué esperar o exigir el cambio?

Tal vez sea por la poca capacidad de asumir la frustración de algunas personas acostumbradas a triunfar en otros ámbitos de su vida (estudios, trabajo, negocios, etc.). Intentan transferir los mismos principios de combatitividad al campo de las relaciones de pareja, sin darse cuenta que son cuestiones que están regidas por otras normas.

Un adiós a tiempo siempre es mejor que el más elaborado de los reproches o la más angustiosa de las extorsiones. Simplemente porque de un adiós se puede volver, de lo otro no hay retorno.

lunes, 7 de abril de 2008

Espejismos


Algunas veces veo espejismos. Se presentan inesperadamente, cuando creo que mi visión es perfecta y que ya he acostumbrado a los ojos y la mente a enfocar las cosas tal cual son.

Es difícil mantener la mirada atenta todo el tiempo, no bajar la guardia, seguir sosteniendo la realidad. Tal vez sea por eso que suelo tomarme esos descansos tan placenteros.

Al tiempo me atrevo a estirar la mano para ver si realmente hay algo ahí, y nada... Es un gran esfuerzo levantar la vista y enfocar nuevamente el vacío. Además, duele. No puedo decir dónde se siente el dolor, pero está ahí.

A pesar del sufrimiento, estoy convencida que es un ejercicio que vale la pena realizar de vez en cuando: asumir los hechos tal cual son, pasar un plumero a las telas de araña que se acumulan en los rincones del entendimiento distorsionando la realidad y volver a disfrutar de una imagen nítida.

Aunque más no sea, para hacer lugar a un nuevo espejismo.

sábado, 27 de enero de 2007

La injuria (el daño)

"No puede herirnos la injuria sino cuando la recordamos; por ello la mayor venganza es el olvido."

Harold Hard Crane

jueves, 18 de enero de 2007

Nada de apaciguar, por favor

En lugar de decir no, son demasiadas las buenas chicas que adoptan la estrategia de apaciguar, lo que Beth llama el método «sí-sí-sí-sí-sí-sí-sí-sí-sí-sí-sí, me marcho de aquí».

...

El problema de la táctica del apaciguamiento es que no es tan rentable como nosotras creemos que es. Cuando cedemos a una petición tras otra, esperamos que, con el tiempo, obtendremos algo a modo de recompensa. Algún día nuestros caseros, nuestros jefes o nuestras parejas sumarán las muchas concesiones que he­mos hecho y se darán cuenta de los generosos seres humanos que somos en realidad. Se quedarán tan abrumados por nuestra bondad que nos recompensarán de la misma forma.

Sí. Estupendo. Y luego se subirán a su cerdito mágico y nos llevarán volando al País de Nunca Jamás.

...

Es una pena, pero cuanto más haces por algunas personas, más esperan de ti ... y menos te dan a cambio. El hecho de ceder «puede que no sirva más que para convencer a la otra persona de que se te puede pedir cualquier cosa», advierten Roger Fisher y William Ury en Obtenga el sí.


Extraído de NEGOCIAR ES COSA DE MUJERES de Leslie Whitaker y Elizabeth Austin

sábado, 15 de abril de 2006

Estoy leyendo

Estoy leyendo "Causa justa" (The Street Lawyer) de John Grisham y "Relaciones Personales"(Good Relationthips and Good Medicine) de Barbara Powell