viernes, 20 de febrero de 2009

Si hay moscas está sucio





Acabo de leer un artículo en el que el autor sostiene, refiriéndose a su país, que "corremos el peligro de que se instale la desconfianza en la banca" y que "la gente tiene la mosca detrás de la oreja", entre otra serie de disquisiciones.

La reputación de la banca no baja porque está en boca de todos, ni porque se habla de ella hasta en la peluquería, como dicen algunos. Por el contrario, todo lo anterior es consecuencia, y no causa, de:

- La posibilidad legal y fáctica que se le ha dado a delincuentes como Madoff, Stanford y otros, de estafar al ciudadano común.

- La complicidad -por negligencia o dolo, qué más da- de entidades financieras supuestamente serias con los citados personajes.

- La depreciación de los activos que actúan como garantía de la inversión de los ahorristas. Un claro ejemplo es el caso del fondo de inversión inmobiliario español, cuyo inversores reaccionaron de manera escapista porque ha explotado la famosa burbuja inmobiliaria de ese país.

- La crisis financiera mundial, como explicación globalizadora de las anteriores, que además las excede ampliamente.

Creo que el capitalismo se sobrepondrá de esta crisis cuando se realicen un sinceramiento global y los cambios regulatorios necesarios para que lo que estamos viviendo no vuelva a suceder.

Parece que el peor camino que se puede tomar en esta coyuntura es el de atribuir la responsabilidad de la debacle a quienes simplemente registran los sucesos y tratan de verse afectados por ellos lo menos posible. Hacer eso sería atribuir la culpa del hecho al mensajero, acción que muchas veces encontramos seductora cuando se desmoronan nuestros paradigmas intelectuales.


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martes, 17 de febrero de 2009

Ingenuidad


Mientras desayunaba leí una noticia que me entristeció: han instaurado un "corralito" financiero en un fondo de inversión inmobiliario gestionado por el Banco Santander en España. Cuando escuchamos este tipo de cosas a los argentinos nos afloran los malos recuerdos de lo que nos sucedió hace apenas poco más de 7 años.

Para ser honestos con nuestra historia, debemos decir que la cesación de pagos del 2001/2002 no fue la primera que tuvimos en el país. Quienes gozaron de capacidad de ahorro antes de esa época se vieron sorprendidos varias veces con la licuación (mediante distintos artilugios) de los fondos invertidos en entidades bancarias. Eso es precisamente por lo que no me vi perjudicada directamente por el bendito "corralito": a pesar de los altísimos intereses ofrecidos, no quise especular de esa manera porque a mi pobre progenitor le habían esquilmado sus ahorros dos veces en la década del '80. La primera vez cuando el ministro de economía dijo "el que apuesta al dólar pierde", y la segunda con el llamado "ahorro forzoso" de los depósitos bancarios. Otro dicho para la colección: "El que se quema con leche, cuando ve la vaca llora".

Cuando hay una crisis financiera todos perdemos directa o indirectamente, porque se resiente la economía en general y la primera variable que se ve damnificada es la de la mano de obra, con el consiguiente sufrimiento humano que eso acarrea. Nadie puede ser feliz, bajo riesgo de transformarse en un ser insensible y monstruoso, cuando ve que a su lado hay gente que sufre. Y menos todavía cuando al que le toca sufrir es a uno.

Lo anterior debería llevar a preguntarnos sobre el origen del problema. Sin dudas, es el manejo del dinero de unos por parte de otros. La enorme ingenuidad que supone confiar nuestro futuro a la discrecionalidad de otros seres humanos impulsados por las mismas pasiones que todos los demás. Lamentablemente no existen súper-hombres, con súper-valores, con súper-escrúpulos, como para no aprovecharse de la buena fe ajena cuando no se establecen los suficientes controles, garantías o recaudos que aseguren que eso no va a suceder. Las sociedades con regímenes socialistas ya han dado un buen ejemplo de eso.

Es enorme la inventiva humana utilizada para arbitrar cualquier tipo de medio con el fin de hacer caer a su presa en la trampa. Los sistemas son cada vez más sofisticados y utilizan desde la manipulación subliminal hasta la educación formal para reproducir sus intereses y hacerlos formar parte del discurso generalizado.

Cuando bajamos las defensas y entregamos nuestras únicas armas (nuestros bienes) a banqueros apoyados por pseudocalificaciones emitidas por consultores financieros con lujosas oficinas en New York y renombres alcanzados gracias a la corrupción de la prensa especializada, lo hacemos. Cuando agachamos la cabeza como si estuviéramos en misa ante palabras rimbombantes emitidas por egresados de Harvard, Yale o quién sabe qué otra factoría de autómatas repetidores del mismo discurso (como sacerdotes que rezan padrenuestros), lo hacemos. Cuando toleramos que en el mundo una gran cantidad de personas sufran las consecuencias del hambre y la degradación humana, y consideramos que eso es "lo normal", para defender el paradigma de un sistema corrupto y explotador que, pese a todo, nos machacan desde todos los medios de comunicación que es el único viable, lo hacemos.

¿Qué hacemos? Ejercemos nuestra candorosa ingenuidad. Sí, esa misma que teníamos a los tres o cuatro años y que nos permitía creer en los Reyes Magos, en Papá Noel o en el Ratón Pérez.

Bien, si queremos seguir siendo ingenuos y continuar explicándonos la realidad en base a fantasías; en lugar de admitir que estamos padeciendo la más grande contrarrevolución social que se ha visto en la historia, la cual está siendo ejecutada por los sectores que detentan el poder económico mediante una megaestafa global; podemos hacerlo. Simplemente deberíamos verlo de esta manera: el que se llevó todo es, ni más ni menos, el famoso "Viejo de la Bolsa".

Tal vez así, sin dejar de ejercer nuestra ingenuidad, podamos llegar a entender lo que estamos viviendo.


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sábado, 14 de febrero de 2009

El que se va sin que lo echen...



... vuelve sin que lo llamen.

Otro dicho, parece que estoy muy dicharachera últimamente. Pero los refranes son totalmente ciertos, y tengo que aceptar que después de todo, y ante la caída de tantos paradigmas científicos y sociales, no hay mayor sabiduría que la sabiduría popular.

Durante este último tiempo reaparecieron en mi vida personas que nunca entendí por qué se fueron. Pertenecían al ámbito laboral, a mi grupo de amistades y a otro tipo de afecto más cercano, digamos casi un futuro amor o algo así. No soy rencorosa, al contrario, pero me cuesta mucho volver a abrirme y confiar, sobre todo cuando no obtengo respuesta a la pregunta que me hice en el primer momento: "¿por qué?".

Es así que sigo con mi mejor cara de tonta, esa que me sale tan bien y muchos se la creen, tratando con gente que fue ex-empleada, ex-amiga y ex-futuro-algo. Esperando una explicación que nunca va a llegar porque nunca voy a pedir. Pero que me imagino. Y como siempre imagino lo peor, sería mejor si me dieran alguna otra explicación creíble, porque no hay nada más confuso que el silencio.


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Aunque la mona...




Existe un viejo dicho: "Aunque la mona se vista de seda, mona se queda".

Según Wikcionario "este dicho, que alude a la característica imitadora de los monos, indica la banalidad de disfrazar la naturaleza de las personas ya que, a la larga, se descubre". Me parece una de las verdades más grandes que escuché en la vida.

Este antiguo refrán sirvió a Tomás de Iriarte para ilustrar su fábula "La mona", cuyo primer verso dice:

"Aunque se vista de seda
la mona, mona se queda..."

y termina con la moraleja:

"Monos, que aunque se vistan de seda,
se han de quedar lo mismo que eran antes."

Existe un refrán similar entre los romanos: "La mona siempre es mona, incluso si se viste de púrpura".

Por supuesto, la seda es una metáfora para representar todas las artimañas, trucos y representaciones que utilizamos los seres humanos para intentar ocultar nuestra verdadera personalidad o dar una imagen de nosotros que interiormente sabemos que no se corresponde con la realidad.

Es un gasto de energía inútil, teniendo en cuenta que en definitiva somos lo que somos. Y eso, tarde o temprano, termina saliendo a la luz.

Hoy he decidido que no quiero vestirme de seda. Soy una mona y no lo quiero disimular.

martes, 20 de mayo de 2008

El viejazo


En algún momento posterior a nuestro cumpleaños número cuarenta, hombres y mujeres ingresamos inexorablemente en la etapa que se denomina popularmente "viejazo" o "segunda adolescencia". Aquí también se aplica el dicho "nunca digas nunca", porque cualquiera puede sufrir sus efectos negativos, por más que estemos -según nuestra opinión personal- bien plantados en la vida y en la realidad.

Ante el miedo al deterioro físico y como consecuencia del duelo por la juventud perdida, queremos realizar todas aquellas cosas que hasta el momento nos quedaron pendientes o que nos producen la sensación de que el tiempo no ha pasado, de que aún somos jóvenes, bellos e inmortales.

Es así que muchas madres comienzan a competir con sus hijas en el cuidado del cuerpo, y una de las formas de demostrarlo es vistiendo ropas diseñadas originalmente para adolescentes. En esta competencia inútil algunas mujeres no escatiman medios con el fin de ganar al menos una batalla (la guerra, hermana, ya está perdida). Desde dietas anoréxicas, eternas horas en el gimnasio y dolorosos tratamientos de cirugía estética, hasta la adopción de gestos y vocablos de los "teens", lenguaje escrito estilo "sms" y, lo que es más desconcertante, exteriorización de signos de mala educación al estilo de James Dean en "Rebelde sin causa".

Pero, como sucede siempre, lo de ellos es aún más patético. En un lapso temporal que puede ir desde los 40 hasta los 55 años del involucrado, estos adolescentes reloaded suelen encontrar el "verdadero" amor de sus vidas. Así es que, si llegaron a esta etapa vital con pelo (original o injertado), poca pancita, la billetera abultada y montando un brioso corcel de cuatro ruedas, es muy probable que a estos caballeros se les cruce en la vida una señorita veinte años más joven, generalmente con problemas personales, económicos y/o vocacionales, quien encuentra en estos "papitos" la solución temporal a sus males permanentes.

Los únicos que no captan la temporalidad del proceso son ellos. Así es que, en pos de un supuesto amor que les despierta sensaciones olvidadas, se disponen a abandonar situaciones personales, familiares y económicas por las que siempre lucharon, y se lanzan tras una relación que la mayoría de las veces termina de manera catastrófica. Y a veces, cuando no termina, les transforma la vida en una pesadilla de indignidades.

Si la aventura finaliza algunos son perdonados y vuelven al redil con la cabeza gacha, soportando de vez en cuando alguna que otra burla malintencionada por parte de parientes y amigos. Otros, los menos afortunados, pierden familias y bienes definitivamente, y se dedican a escribir tangos llenos de resentimiento, deambulando por bares deprimentes y antros inconfesables. Sólo unos pocos logran salir victoriosos, sobre todo si aprenden a llevar con equilibrio y dignidad una lustrosa osamenta córnea en su cabeza. Otros tantos, gracias a estos tiempos de avance biotecnológico, se hacen adictos al Viagra y tratan de pilotear la situación de la mejor manera posible con la ayuda de la ciencia.

Tal vez un efecto secundario de la creciente igualdad social entre hombres y mujeres sea el hecho de que cada vez más mujeres se animan a mirar a hombres bastante menores que ellas. Y es que cuando una mujer ya no tiene que rendirle cuentas a nadie (o si, pero no le importa), tiene sus necesidades básicas cubiertas y tiempo disponible porque sus hijos -si los tiene- están jugando con la playstation... bueno, esa mujer "mira".

Y este cruce de miradas entre maduritas y jovencitos suele llegar a ser devastador por sus efectos emocionales. Sobre todo para ellas, porque a pesar de la evolución de las costumbres sociales a las mujeres les sigue resultando más difícil que a los hombres separar el sexo del amor. Por el momento ésta no es una situación demasiado significativa socialmente, porque salvo algunas famosas que se animaron a dar el gran paso, este tipo de parejas desiguales no llegan a formalizar sus relaciones, dado que las mismas suelen circunscribirse a la clandestinidad y a lapsos de tiempo bastante cortos. Y eso se debe a que existe un rechazo social a su existencia, a diferencia de las relaciones entre hombres mayores y mujeres jóvenes, que son más aceptadas culturalmente.

Pero no todas las consecuencias del viejazo son negativas, ya que muchas veces el intento inconsciente de recuperar la juventud que se nos va de las manos nos impulsa a formular nuevos proyectos, a replantearnos formas de vida con las que no queremos continuar, y a asumir riesgos mayores, porque en esta etapa solemos tener más madurez emocional e independencia. En todo caso, para bien o para mal, después de los cuarenta siempre es tiempo de cambios.

lunes, 5 de mayo de 2008

¿Los argentinos somos sucios?


Puede parecer una nimiedad al lado de todos los problemas que tenemos, pero con el tiempo vengo notando una preocupante falta de higiene por todos lados. Y no es que yo sea una obsesiva del tema, pero hay indicios alarmantes.

Las calles, en general, son un desastre. El famoso barrendero de antaño brilla por su ausencia. Existen muchos más productos descartables en el mercado, más consumo, y casi no hay recipientes de residuos o los que existen están destruídos. Resultado: calles y veredas tapizadas de envases de plástico y cartón, en lugar de otoñales hojas secas, como debería ser.

Los transportes públicos, salvo honrosas excepciones, son literalmente asquerosos. No existe el más mínimo sistema de limpieza, por ejemplo, una persona que repase asientos y pisos de los colectivos y trenes con agua y detergente y los desinfecte adecuadamente luego de cada viaje. Y éste no es un tema menor, con todas las enfermedades contagiosas potencialmente mortales que pululan actualmente (desde meningitis hasta gripe).

Los baños públicos, en su mayor parte, son también impresentables. No existe por parte de los responsables la menor conciencia de que deben ser mantenidos limpios constantemente, si es necesario con una persona contratada específicamente para esa tarea. Lo más común es que no encontremos papel higiénico, jabón ni toallas descartables. Y eso sucede hasta en lugares que se autodenominan "de categoría".

También las personas dejan mucho que desear en su higiene personal. Hay gente que no se peina (no estoy hablando sólo de adolescentes, lo que sería dentro de todo normal de acuerdo a la rebeldía de la edad). Hay otros que te das cuenta que tampoco se bañan demasiado seguido ni usan desodorante (perfumes ni hablar). Me pregunto si los que conviven con ellos no les dicen nada. Esto es algo que pasa en todos los sectores sociales y no se relaciona con el poder adquisitivo del sucio o sucia. Es decir, no es falta de medios económicos para comprar productos de limpieza.

miércoles, 30 de abril de 2008

Sin pareja - Parte 2: Segundas partes a veces no son una buena idea


Sólo hay una cosa peor que estar sin pareja y que nadie te demuestre interés. Y es que alguien que ya no te agrada en lo más mínimo esté interesado en vos. Peor aún, que intente demostrar que sus intenciones son “serias”, cuando lo único que te importa es que se olvide que existís.

La soledad brinda opciones, y una es permanecer así si pensamos que relacionarnos con alguien nos puede llevar a estar peor de lo que estamos.

Hace un tiempo regresó a mi vida mi novio de la adolescencia, quien casualmente (o no tanto) tampoco tiene pareja. Así es que, traído de vuelta por el túnel del tiempo luego de... ¡veintitrés años!, reapareció este habitante de mis sueños húmedos de la década del ochenta.

Notó que yo estaba en su misma situación, y entonces, por razones aún inexplicables, decidió unilateralmente que era hora de desarchivar nuestra historia. A no confundirse, no es el guión de una película francesa romántica, es simplemente una comedia argentina.

El punto problemático de todo esto surgió gracias a su ego totalmente sobredimensionado. Él pensaba que me estaba haciendo algún tipo de favor al dignarse a poner su atención en mí en esta “nueva” etapa de su vida. Tal es así que cuando le dije que por el momento pensaba seguir sola (traducción: no quiero estar con vos), consideró que era su deber hacerme notar lo que me estaba perdiendo.

Uno de sus métodos de persuasión consistió en relatarme todas las cosas que ya NO hacía más cuando estaba “bien” en pareja. Que casualmente eran las mismas que hizo durante el tiempo que estuvimos de novios y que originaron que nos separáramos dos veces (infidelidad, mentiras, etc.). Y que fueron las mismas que repitió a lo largo de los años con todas y cada una de las distintas parejas que tuvo.

Yo quería olvidar el pasado lejano, no tenía interés en revivir algunas situaciones desagradables. Pero estar cerca de un egocéntrico tiene estos inconvenientes, no importan tus sentimientos ni tu bienestar mientras él logre su objetivo o piense que tiene alguna posibilidad de hacerlo.

Después de eludir la situación lo más diplomáticamente posible (¿para qué crearse enemigos?), terminé preguntándome por el sentido de encontrarme obligada por deseos de otro a recordar cosas que ya había sepultado en el más piadoso olvido.

Tal vez las tinieblas del pasado no se resignan a quedarse atrás, y como negros fantasmas, de tiempo en tiempo, estiran sus garras para intentar atraparnos y hacernos revivir etapas ya superadas.

Pero a mí no me atraparán.

sábado, 26 de abril de 2008

Herrores Hortograficos


Por motivos laborales estuve intercambiando e-mails con un hombre de aproximadamente 45 años, próspero empresario que, entre otras cosas, exporta a China en virtud de este nuevo boom de competitividad que estamos viviendo en el país. Lo conozco personalmente y es agradable, inteligente y bastante informado.

Sin embargo, no pude evitar notar las innumerables faltas de ortografía en los largos textos que escribe. Los signos de puntuación y su utilización más o menos caprichosa también son llamativos. Un ejemplo: seis comas seguidas al final de una oración que debería terminar con un simple punto.

Al principio -ilusa- pensé que era algún tipo de broma, algo así como un juego en el cual se intenta escribir una palabra con todas las faltas de ortografía posibles para llamar la atención o parecer "cool", como hacen los adolescentes. Pero no, la triste realidad pronto me alcanzó con la siguiente revelación: "perdon por las faltas", decía al final de un mensaje, "no le presto hatension a eso". Sin palabras...

Por otro lado, el plomero que está trabajando en casa hace unos días me dejó una nota manuscrita acerca de un trabajo a realizar. Varios renglones con una letra preciosa y sin ningún error ortográfico escritos por un hombre de aproximadamente 70 años que todavía debe trabajar para vivir dignamente.

El contraste me abrumó. Podría hacer muchas reflexiones acerca la importancia de las primeras etapas de la educación para fijar conceptos, la declinación del sistema educativo argentino a lo largo del tiempo, la utilidad o no de una buena educación formal para triunfar en la vida.

Pero nada me saca de la cabeza que detrás de esa gran empresa en expansión, ese sitio web diseñado hasta el último detalle, esa casa espectacular con pileta de natación enorme y esos coches impresionantes, hay un semianalfabeto que nos pasó el trapo a todos.

lunes, 21 de abril de 2008

Pre-M


Este blog tiene muy pocos días de vida, y releyéndolo me doy cuenta que hasta ahora refleja el estado de ánimo que suelo tener durante un período determinado de cada mes: los días Pre-M, en los que la mayoría de las mujeres (las que tenemos hormonas, o sea casi todas), estamos sometidas a los caprichos de un huracán bioquímico. No me estoy refiriendo a los días M, más incómodos y malhumorados, que son otro cantar.

Generalmente el período Pre-M dura una semana, pero puede extenderse de cuatro a diez días, dependiendo de circunstancias completamente desconocidas. Creo que todavía no han sido suficientemente estudiadas las diferentes consecuencias que acarrea para una mujer tomar una decisión durante cualquier día del mes y tomar esa misma decisión durante un día Pre-M, sobre todo si aquélla afecta en forma permanente el futuro.

En primer lugar, y como el cuerpo comienza a retener líquidos para que no nos deshidratemos durante los días M, nos vemos más gordas. Durante estos días no deberíamos comprarnos ropa, porque todo nos queda mal, especialmente pantalones y polleras. Lo más probable es que acabemos llorando en algún probador mientras prometemos comenzar la más estricta dieta.

Y hablando de llorar, éste es el efecto más común que produce la influencia de los días Pre-M. Se genera en nosotras cierta clase de iluminación, una exacerbación de los sentidos y la intuición. A pesar de lo que muchos (hombres, generalmente) opinan, no es que estemos locas: simplemente vemos las cosas tal cual son, percibimos los verdaderos sentimientos de los demás, y nos damos cuenta de la injusticia y la inutilidad de muchos aspectos de la vida. Estamos, como diría Huxley, "ante las puertas de la percepción".

Hasta me animaría a decir que en estos días nos hacemos más humanas. Lo que no deja de ser un inconveniente, porque socialmente la humanidad es una de las características menos valoradas en una mujer. Cuando alguien nos quiere piropear nos dice "yegua", "potra" o "qué mona estás". Nunca te halagan diciéndote "Santa Teresa de Jesús".

Durante los días Pre-M usualmente tomamos las decisiones más difíciles: renunciar a un trabajo que no nos satisface, poner las cartas sobre la mesa en una relación, iniciar una demanda de divorcio o mandar al diablo a la familia. Son decisiones que suelen traernos muchas consecuencias negativas, pero que a veces nos dan muchas satisfacciones por los efectos colaterales que acarrean.

También durante estos días somos más proclives a realizar "esa" llamada de reconciliación, perdonar algunas ofensas al darnos cuenta que no eran malintencionadas, y acordarnos todo el tiempo de alguien especial. En este sentido, podemos caer en un momento de debilidad imperdonable de la cual nos arrepentiremos el resto del mes, o de la vida. O tal vez lleguemos a la felicidad... ¿quién lo sabe?.

En todo caso, ahora estoy en el perído Post-M, y vuelvo a ser desconsiderada y egoísta. En lugar de llorar si algo me molesta puedo exhibir una serie de argumentos tendientes a minimizar la situación y seguir adelante con mi vida. Así que hoy... no me pidas nada.

martes, 15 de abril de 2008

Son mis amigos...


En este caso, es mi amiga. Nos conocimos en el colegio a los 16 años y, aunque ya teníamos cada una nuestro grupo, en seguida nos llevamos bien. A pesar de ser distintas en muchas cosas, o por ser parecidas en tantas otras. No sé, en la amistad también hay química.

Compartimos el viaje de egresados a los 17, donde nos hicimos muy compinches y conocimos en una disco a los rugbiers tucumanos que nos siguieron a todas partes declarándonos su amor eterno de una semana. A los 19 nos fuimos de vacaciones solas por primera vez. Fueron unas vacaciones inolvidables con playa y salidas. Ahí nos hicimos amigas de "los mendocinos" (los dos chicos más lindos que ví en toda mi vida).

Fue testigo de mi casamiento, no podría haber elegido a otra. Se asombró de mi tranquilidad, no podía creer que estuviera así un día tan importante. Con el tiempo supo el motivo.

También estuvo ahí el día que nacieron mis hijos, con sus regalitos y sus novios (siempre uno nuevo). Mi hija la adora, y creo que es porque los chicos tienen un sexto sentido para percibir el cariño de las personas. En los cumpleaños, su llamada siempre está entre las primeras del día.

Tampoco faltó en los momentos de tristeza, siempre supo entender cuando quise estar sola o necesité compañía. La apoyé cuando se rompió su pareja de muchos años, y traté de ayudarla a rearmar su vida. Sufrí por su desengaño y porque no había podido concretar el proyecto de tener una familia.

Ayer me llamó para despedirse antes de salir de vacaciones rumbo al sur. Le deseé toda la suerte del mundo, y cuando colgué me puse a pensar cuanto tiempo hace que nos conocemos. Es por eso que últimamente no puedo dejar de notar que está triste, que siente que la vida le debe algo, que tiene temas pendientes. Lo noto en su voz y en su mirada, en su falta de entusiasmo cuando habla de algunos logros que antes la hubieran hecho verse más feliz. Tal vez lo noto más cuando mira a mis hijos, y recuerdo cuando se le llenaron los ojos de lágrimas al recibir el regalito que ellos le trajeron del mar.

Ale, no sé si alguna vez te voy a dejar leer esto, pero siempre te lo digo: quiero que vuelvas a ser la de antes, que recobres tu alegría y tus ganas de vivir, que tengas proyectos, y sobre todo te deseo de corazón la felicidad que merecés. Te quiero mucho amiga.

sábado, 12 de abril de 2008

Sin pareja - Parte 1


Nunca pensé llegar a los 40 sin pareja. No fue una elección personal, ni siquiera una imperdonable negligencia ni el descuido de una relación. Un giro imprevisto del destino me colocó en esta encrucijada en pleno comienzo del siglo XXI.

La cantinela repetida hasta el hartazgo en las revistas femeninas es "no hay hombres". Estas, entre paréntesis, parecen escritas por sádicos que disfrutan haciendo sufrir a las mujeres con sutiles y elaborados métodos de tortura psicológica. Pero este tema daría lugar a otros comentarios, y ahora no quiero desviarme de mi objetivo.

Es así que desemboqué imprevistamente en esta situación de falta de pareja. Luego de un tiempo -bastante largo he de confesar- de dolor y desorientación, me encontré con la agradable novedad de que podía llegar a ser objeto de, digámoslo de alguna manera, observación masculina. Creo que admiración es una palabra demasiado exagerada para describir la situación.

Gracias a la divina providencia, nací dotada de una enorme capacidad de pasar por alto lo que no me interesa; por lo que no tuve necesidad de detenerme en las miradas libidinosas de señores casados, veinteañeros ansiosos de concretar algo, vividores consuetudinarios, etc. Y hasta pude esquivar varias trampas cazabobas plantadas por madres desesperadas tratando de librarse de sus hijos solteros o divorciados instalados cómodamente en la casa familiar.

También tuve que pasar por alto las reiteradas charlas de mis padres sobre determinada persona y sus logros. Si, esos mismos padres que a los veinticinco me miraron con escepticismo cuando decidí casarme, ahora estaban intentando reinsertarme en la vida de pareja. Por supuesto, y para no modificar la costumbre familiar, tampoco en esto estuvieron de acuerdo: mi papá optó por un soltero de su conocimiento y mi mamá por un viudo con tres hijos del conocimiento de mi tía.

Lo más patético fue oír los comentarios "casuales" que ambos me hacían en privado sobre las bondades del candidato elegido por cada uno, porque no se atrevían a hablar cuando estaba el otro presente. Gente de la que yo hasta ese momento casi no conocía su existencia se transformó en objeto de la más detallada información sin aparente motivo ("un chico buenísimo", "es muy trabajador", "está solo", "quiere conocer a alguien", etc.). Y como tampoco era mi intención modificar las costumbres familiares, volví a utilizar mi tradicional método de escape de charlas incómodas: poner cara de tonta y no hablar. No es de extrañar que gracias a este comportamiento pseudoidiota que adopté desde la más tierna infancia siempre se sorprendieran cuando traía buenas notas del colegio, es que soy una incógnita para ellos.

Por suerte, otro tema es el de las amigas. No parecen muy entusiasmada con el hecho de que pueda llegar a formar una nueva pareja. Varias recuperaron a una compañera de salidas y de viajes. Las solteras que no conocieron el verdadero amor no ven justo que me vuelva a suceder a mí: primero les toca a ellas. Y todo posible candidato es sometido al más despiadado análisis, aunque en su caso estén manteniendo una relación desastrosa con el hombre que salen. Pero ésto siempre es temporario, para ellas las cosas van a mejorar: en algún momento él se va a dar cuenta de cuánto la quiere, él va a dejar ese vicio, él va a necesitar comprometerse, él la va a llevar a cenar afuera más seguido, él va a dejar de ser tacaño, él le va a presentar a la familia y otra serie de esperanzas infundadas.

Mientras tanto, en mi caso las cosas siempre van a tender a empeorar. Es así que aparecen los comentarios sobre alguien (pobre de él) que osa cruzarse en mi camino: es un golpeador, tiene mucho dinero porque estafó a la ex, tiene un hijo no reconocido, si te llama todos los días es un psicópata pero no se nota porque además es un simulador, etc.

Mis amigas casadas, por su parte, no dejan de recordarme que tengo dos hijos, que es un peligro pensar en convivir con un hombre extraño, y que a ellas "ni locas" se les ocurriría volver a formar otra pareja si estuvieran en mi situación. ¿Para qué? Si así estás tranquila y podés disfrutar de tus hijos. Sólo les falta recomendarme la castración química. Quién sabe qué ideas fluyen por esas cabezas de amas de casa desesperadas acerca de mi eventual futuro... ¿Mereceré vivir?

Y es así que en medio de todo este maremágnum de opiniones transcurre mi vida de soledad acompañada. Obviamente voy a contar lo más importante: mis impresiones personales, pero antes de hacerlo se me ocurrió que sería ilustrativo dar este pantallazo previo sobre mis circunstancias.

jueves, 10 de abril de 2008

Momento de decisión


Hoy me encontré por casualidad con una amiga. Es una chica divina: linda, inteligente y le encanta su trabajo. Hablamos de varios temas, y entre ellos me comentó que en estos días va a intentar enterarse qué tipo de relación está manteniendo con alguien, a "definir", según sus palabras. Armamos una salida en grupo para la próxima semana y nos despedimos con beso y sonrisa.

Esa charla me dejó pensando acerca de qué tipo de relación obliga a alguien a preguntar a la otra persona sobre las características de la misma. No me fue demasiado difícil encontrar la respuesta: una relación que no existe, que sólo vive en su imaginación con las características que ella le atribuye. Si fuera solamente amistad y así lo comprendiera, no necesitaría definirlo. De la misma manera si se tratara sólo de sexo. Pero ella imaginó una relación que en los hechos no se parece a su ideal. Por eso necesita "definirla" (utilizando sus palabras).

¿Necesitamos preguntarle al otro qué tipo de relación tenemos? ¿Llegamos a dudar en algún momento cuando estamos inmersos en una relación de pareja satisfactoria y comprometida? ¿No somos capaces de ver cuando no lo estamos?

Si ponemos en palabras nuestras dudas y temores exigiendo una declaración verbal del otro acerca de lo que no notamos en los hechos... ¿ganamos algo? Posiblemente una evasiva, tal vez una herida a la autoestima (si el otro es demasiado sincero), o quizás una mentira (si es fabulador). En todo caso, los dichos no van a cambiar la realidad de lo que no tuvimos ni de lo que vamos a tener con esa persona.

¡Cómo nos complicamos la vida! ¿Por qué con una pareja soportamos lo que no nos satisface más tiempo del necesario? ¿Por qué pedir peras al olmo? ¿Por qué esperar o exigir el cambio?

Tal vez sea por la poca capacidad de asumir la frustración de algunas personas acostumbradas a triunfar en otros ámbitos de su vida (estudios, trabajo, negocios, etc.). Intentan transferir los mismos principios de combatitividad al campo de las relaciones de pareja, sin darse cuenta que son cuestiones que están regidas por otras normas.

Un adiós a tiempo siempre es mejor que el más elaborado de los reproches o la más angustiosa de las extorsiones. Simplemente porque de un adiós se puede volver, de lo otro no hay retorno.

lunes, 7 de abril de 2008

Espejismos


Algunas veces veo espejismos. Se presentan inesperadamente, cuando creo que mi visión es perfecta y que ya he acostumbrado a los ojos y la mente a enfocar las cosas tal cual son.

Es difícil mantener la mirada atenta todo el tiempo, no bajar la guardia, seguir sosteniendo la realidad. Tal vez sea por eso que suelo tomarme esos descansos tan placenteros.

Al tiempo me atrevo a estirar la mano para ver si realmente hay algo ahí, y nada... Es un gran esfuerzo levantar la vista y enfocar nuevamente el vacío. Además, duele. No puedo decir dónde se siente el dolor, pero está ahí.

A pesar del sufrimiento, estoy convencida que es un ejercicio que vale la pena realizar de vez en cuando: asumir los hechos tal cual son, pasar un plumero a las telas de araña que se acumulan en los rincones del entendimiento distorsionando la realidad y volver a disfrutar de una imagen nítida.

Aunque más no sea, para hacer lugar a un nuevo espejismo.

sábado, 27 de enero de 2007

La injuria (el daño)

"No puede herirnos la injuria sino cuando la recordamos; por ello la mayor venganza es el olvido."

Harold Hard Crane

jueves, 18 de enero de 2007

Nada de apaciguar, por favor

En lugar de decir no, son demasiadas las buenas chicas que adoptan la estrategia de apaciguar, lo que Beth llama el método «sí-sí-sí-sí-sí-sí-sí-sí-sí-sí-sí, me marcho de aquí».

...

El problema de la táctica del apaciguamiento es que no es tan rentable como nosotras creemos que es. Cuando cedemos a una petición tras otra, esperamos que, con el tiempo, obtendremos algo a modo de recompensa. Algún día nuestros caseros, nuestros jefes o nuestras parejas sumarán las muchas concesiones que he­mos hecho y se darán cuenta de los generosos seres humanos que somos en realidad. Se quedarán tan abrumados por nuestra bondad que nos recompensarán de la misma forma.

Sí. Estupendo. Y luego se subirán a su cerdito mágico y nos llevarán volando al País de Nunca Jamás.

...

Es una pena, pero cuanto más haces por algunas personas, más esperan de ti ... y menos te dan a cambio. El hecho de ceder «puede que no sirva más que para convencer a la otra persona de que se te puede pedir cualquier cosa», advierten Roger Fisher y William Ury en Obtenga el sí.


Extraído de NEGOCIAR ES COSA DE MUJERES de Leslie Whitaker y Elizabeth Austin

sábado, 15 de abril de 2006

Estoy leyendo

Estoy leyendo "Causa justa" (The Street Lawyer) de John Grisham y "Relaciones Personales"(Good Relationthips and Good Medicine) de Barbara Powell

martes, 11 de enero de 2005

"Déjalo sangrar"... y déjalas sangrar

por Cheryl Harleston







En su artículo “Déjalo Sangrar: Manejando las Heridas Sexualizadas”, Craig Chalquist escribe sobre el drama demasiado común de (principalmente) los hombres que "se conforman con parejas hacia quienes se sienten atraídos pero de quienes no están enamorados", y las razones probables para ello.

El Sr. Chalquist pregunta: ¿Exactamente por qué un hombre que sabe que no tiene intenciones serias hacia una mujer, que sabe que ella terminará herida y enojada, que quizás hasta sabe que ella se da cuenta de su estado mental, decide estar con ella de todos modos? ¿Y por qué algunas mujeres toman la misma decisión?

De ahí prosigue a responder con una teoría muy interesante, aunque para mi gusto demasiado amplia, de "heridas sexualizadas", enfocada por completo en heridas tempranas y pensamiento mágico: Con pavorosa persistencia, los hombres (y las mujeres) que se conforman con relaciones sexuales no apasionadas casi siempre fueron dejados con un corazón roto por un padre inaccesible en sus primeros años.

A pesar de ser cierto y enteramente válido, encuentro este artículo extremadamente peligroso en cuanto a que le otorga al hombre (y a la mujer) una justificación precisamente cierta y válida para su comportamiento actual basada en eventos pasados, totalmente pasando por alto lo más obvio: que para crecer y cambiar verdaderamente, uno debe encarar y asumir la responsabilidad de los propios comportamientos/actitudes dañinos del presente, reconociendo también las "agendas ocultas" y los posibles motivos actuales: deshonestidad, castigo, manipulación, odio hacia las mujeres, deseo de probar que efectivamente son el "sexo fuerte", deseo de un sentido de poder barato y momentáneo, etcétera. Todo lo cual, por supuesto, puede estar válidamente contenido y abrazado bajo esta amplia teoría de "heridas sexualizadas". Y es ahí donde yace el peligro.

Aunque es cierto, por ejemplo, que un deseo de castigar a las mujeres podría venir de una herida muy temprana y el odio hacia mamá que resulta de ello, debemos darnos cuenta de que el castigo se está perpetrando en el presente, y el momento presente es donde el verdadero trabajo debe comenzar: el "aquí y ahora" es el único momento cuando el cambio verdadero puede ocurrir. Y aunque indudablemente desempeñaron un papel extremadamente importante en nuestro desarrollo, nosotros somos los únicos responsables de nuestras acciones y su impacto en nosotros y en los demás, y nosotros debemos hacernos responsables ante ello, no nuestros padres. ¿Hasta cuándo vamos a continuar actuando como niñitos castigados, culpando a nuestros padres por todas nuestras acciones malas o fallidas actuales? Aparentemente es más fácil atribuir nuestras acciones y el impacto (daño) resultante a una teoría de amplia cobertura y dejarlo así, en lugar de encarar el hecho de que estos hombres (y mujeres) en realidad están haciendo daño e hiriendo a otra persona conscientemente —al menos en algún nivel, especialmente cuando la persona que causa el daño ha tenido algún tipo de entrenamiento psicológico o de trabajo interno— y eso es algo que ninguna teoría de "heridas sexualizadas" podrá justificar jamás lo suficiente.

El Sr. Chalquist continúa: Mientras tanto, a fin de cuentas tu pareja se larga, amargada por tu incapacidad para el amor o la intimidad; y tú, con tus propios estereotipos confirmados, tienes una carga fresca de desconfianza, resentimiento, futilidad y culpa ("¿Por qué siempre soy yo el malo de la película?") agregada a lo que de por sí cargas. Nada sana.

Después de eso el Sr. Chalquist prosigue a dar un montón de consejos sanos acerca de lo que uno debe hacer al respecto: Mira hacia adentro, observa de la mejor manera posible ese agujero en tu corazón, y déjalo sangrar. Haz uso de cualquier cosa que te ayude: un diario, ejercicio, libros de autoayuda, arte, música, buena terapia, recursos espirituales, amigos comprensivos. No seas un mártir, no regreses los golpes, no sobreanalices, no te quejes...

De nuevo, sugerencias perfectamente válidas e indudablemente útiles. Pero desafortunadamente no menciona cómo debe uno manejar, o lo que uno debería hacer, con el verdadero impacto sobre —no las reacciones resultantes de— la otra persona; es decir, el sangrado del otro. Esta falta de reconocimiento para una parte tan importante da a entender, en mi opinión, que el Sr. Chalquist cree que ése es problema del otro. El daño ya está hecho, así que todo el asunto debe ser olvidado con la otra persona, y uno debería "ponerse a trabajar" en el asunto solo y con uno mismo. En cierta forma parece estar diciendo: "Déjalo sangrar, y deja que la otra persona sangre por su cuenta." O bien, "Yo estoy sangrando, por lo tanto no puedo ser responsabilizado de cualquier sangrado que yo te cause a ti. Todo lo que tengo que hacer es dejar que mi propia herida sangre."

Sin embargo, al final afirma con alegría: Haz esto y llegará el día en que mirarás dentro y encontrarás que el agujero se ha cerrado, el pensamiento mágico se ha silenciado, el dolor se ha desbaratado convirtiéndose en energía, y las heridas sexualizadas se han secado. Si no por la presencia de estas cosas, entonces reconocerás ese día por una ausencia: la ausencia del tipo de parejas hacia quienes solías sentirte atraído, y quienes solían sentirse atraídas por ti. Cómodo contigo mismo estando solo, quizás entonces te sientas listo para comenzar una relación que sea de verdad.

Con unas afirmaciones tan decididas, uno no puede más que suponer que él mismo ha tenido esta experiencia. (¿Es así, Sr. Chalquist?) Uno también puede suponer que él considera que las relaciones fallidas no son "de verdad". Sin embargo yo me pregunto, ¿cómo puede alguien —cualquiera— aspirar a tener una relación "de verdad" mientras pasa por alto completamente su propio impacto en el otro, con el otro, independientemente de si la relación termina o continúa a un nivel diferente?

Tal actitud habla de una manera egoísta de "crecer" mientras se deja a los otros a su alrededor sangrando por su cuenta. Y nadie puede crecer plenamente sin hacerse responsable ante el daño que uno le causa a otros. Nada sanará por completo hasta que asumamos la completa responsabilidad de nuestras acciones y su impacto. Nada sanará hasta que nos digamos la verdad, no importa cuán brutal sea.

Ésta es precisamente la actitud de "depredador" a la que hace referencia Clarissa Pinkola en el capítulo 2 de su libro Mujeres que Corren con los Lobos: Una persona predatoria abusa del jugo creativo de una mujer, tomándolo para su propio placer o uso, dejándola en blanco y preguntándose qué sucedió, mientras que ellos mismos se vuelven de alguna manera más vigorosos y robustos.

Como mujer que ha pasado por esta experiencia, creo que tal actitud en los hombres es precisamente una de las principales razones por las que las mujeres nos sentimos enojadas con ellos, independientemente de las propias heridas tempranas de la mujer. Para las mujeres, dicha actitud habla de cobardía y falta de responsabilidad. (Responsabilidad = la voluntad y la habilidad de responder.) He escuchado repetidamente a las mujeres (incluyéndome a mí misma) expresarse después de experiencias similares: "Primero me conquistó y luego me dejó, sin ninguna explicación más que 'no estaba preparado'. ¡Qué cobarde!", u otras frases similares con un contexto similar. Cualesquiera que sean sus motivos o razones, el modus operandi del depredador es usualmente el mismo: le hablará a la mujer de amarla —no de desearla sexualmente, sino de amarla, el punto "débil" de la mayoría de las mujeres— posiblemente mencionando sus "planes" de vivir o casarse con ella, obteniendo mientras tanto gratificación sexual, para finalmente desaparecer de su vista con las menores explicaciones. ¿Puede acaso el sangrado y el enojo de una mujer después de tal experiencia ser atribuído exclusivamente a sus propias heridas tempranas y pensamiento mágico? Difícilmente. La mujer "se larga" amargada, sí, pero no por la "incapacidad para el amor o la intimidad" del hombre, como lo afirma el Sr. Chalquist. Ella se va amargada por el comportamiento del hombre y por su incapacidad de hablar con la verdad, incluso a sí mismo.

Como dice la Dra. Pinkola: La engañosa promesa del depredador es que la mujer se convertirá en reina de alguna manera, cuando de hecho se está planeando su asesinato.

Resulta obvio que el depredador es particularmente peligroso cuando se trata de un experto entrenado en asuntos psicológicos o algún tipo de trabajo interno, lo cual lo capacita para saber —conscientemente o no— cuándo y cómo una mujer puede ser manipulada, así como para manipular sus propias "razones" para herirla y luego ignorar todo el asunto, al menos en apariencia, y al menos con ella.

Citando a la Dra. Pinkola otra vez (del capítulo 10): Si quieres matar algo, simplemente pórtate frío con ello. En cuanto uno se congela en sentimiento, pensamiento o acción, la relación no es posible. Cuando los humanos quieren abandonar algo en ellos mismos, o abandonar a alguien a su suerte, los ignoran, les retiran la invitación, los dejan fuera, hacen hasta lo imposible para no tener que oír su voz o posar la vista en ellos.

Y como una de muchas posibles respuestas a la pregunta del Sr. Chalquist, "¿por qué algunas mujeres toman la misma decisión?", otras citas más del libro de la Dra. Pinkola: Muchas mujeres han vivido literalmente el cuento de Barba Azul. Se casan siendo aún ingenuas en cuanto a los depredadores, y eligen a alguien que resulta ser destructivo para sus vidas. Están decididas a "curarlo" con amor. De alguna manera están "jugando a la casita". Se podría decir que han pasado demasiado tiempo exclamando: "En realidad su barba no es tan azul." (Capítulo 2)

Y: Cuando está muy hambrienta, una mujer aceptará cualquier substituto que se le ofrezca, incluyendo aquéllos que, como placebos, no hacen nada por ella, así como los destructivos y los que ponen en riesgo su vida, que la hacen perder horriblemente su tiempo y sus talentos, o exponen su vida a peligros físicos. Es el hambre del alma lo que hace que una mujer elija cosas que la harán bailar alocadamente fuera de control y demasiado cerca de la puerta del verdugo. (Capítulo 8)

Para las mujeres, la respuesta yace en su fuerza interior. Ella debe buscar sus propias maneras de nutrirse a sí misma, de alimentar su alma a fin de no necesitar aceptar más substitutos baratos y caer en la trampa del depredador tan fácilmente. Y aunque el hambre original provenga de una herida temprana, ella debe buscar soluciones en el presente, en su ser actual, y no en el pasado, reconociendo su hambre y sus consecuencias responsablemente, y no inculpando.

Por otro lado, me atrevo a sugerir que si un hombre está cansado de atraer mujeres "enojadas" a su vida, primero se examine seriamente a sí mismo, pues es muy probable que él mismo les esté causando ese enojo, especialmente cuando tiene este tipo de actitudes/comportamientos y se rehusa a asumir verdaderamente la responsabilidad del daño que está causando a estas mujeres "enojadas".

La teoría del Sr. Chalquist es ciertamente parte del problema, y ofrece excelentes soluciones para parte del problema. Pero hay mucho más trabajo por hacer en muchas otras áreas, además de las heridas tempranas y el pensamiento mágico, a fin de ser capaces de tener una relación. En mi opinión, sería un error considerar su teoría y las soluciones que sugiere como un "curalotodo" para las relaciones fallidas.





© 1998 por Cheryl Harleston





lunes, 10 de enero de 2005

Déjalo sangrar: manejando las heridas sexualizadas

por Craig Chalquist



Traducción de Cheryl Harleston









Es como si al nacer el niño tuviera un aura invisiblea su alrededor que no es lavada con la placenta. Es como si naciera con un amnios que no es visible, pero a través del cual las cosas deben viajar para llegar a él. Si un hombre es "difícil de alcanzar"es porque sigue firmemente dentro de este amnios.

Michael Meade, Men and the Waters of Life





Sólo considera a qué precio vendes tu propia voluntad; si no hay otra razón, al menos considera ésta: que no la vendes por una cantidad pequeña.

—Epictetus, The Discourses









He notado, principalmente entre los hombres, una tendencia a conformarse con parejas hacia quienes se sienten atraídos pero de quienes no están enamorados.

Al preguntárseles al respecto, los hombres mismos a veces lo explican en términos de biología: los hombres simplemente son así, como afirman algunas mujeres. La testosterona de siempre: "jódelo o mátalo", según ha señalado Ken Wilber, entre otros. Quienes carecemos del entendimiento científico lo ponemos de manera diferente, pero llegamos al mismo lugar: "Ella era simpática, divertida, y tenía un cuerpo que no paraba. Y yo no había tenido sexo hacía tiempo..."

Yo no acepto esta explicación. Creo efectivamente que las hormonas y otros factores colorean las diferencias entre los géneros. Y que la socialización desempeña un papel crucial. Y la dinámica, los valores y las creencias de la familia de origen. La religión o la rebelión en su contra. Y en algunos hombres, la mera pasividad combinada con un ego hambriento: "Ella me persiguió y me dejé atrapar. Fue bonito sentirse deseado."

Pero éstos y otros análisis astutos dejan sin explicación lo que más necesita explicarse: ¿Exactamente por qué un hombre que sabe que no tiene intenciones serias hacia una mujer, que sabe que ella terminará herida y enojada, que quizás hasta sabe que ella se da cuenta de su estado mental, decide estar con ella de todos modos? ¿Y por qué algunas mujeres toman la misma decisión?

Pienso que la respuesta se resume en dos palabras: heridas sexualizadas. Con pavorosa persistencia, los hombres (y las mujeres) que se conforman con relaciones sexuales no apasionadas casi siempre fueron dejados con un corazón roto por un padre inaccesible en sus primeros años.

Dos siglos de psicoanálisis, relaciones de objetos, datos de investigación y experiencia clínica nos han enseñado más allá de la sombra de cualquier duda que ponemos de manifiesto aquellas heridas psicológicas con las que no hemos podido hacer las paces. Y no habremos hecho las paces con ellas hasta que hayamos vuelto a experimentar y trabajado con la plena intensidad del dolor acumulado. Podremos pensar que perdonamos y que crecemos más allá del padre alcohólico, la madre adicta a las explosiones de rabia, el padre cuya alma estaba ausente gracias a las drogas, demasiado trabajo, neurosis o indiferencia, pero ésta es una de las decepciones más comunes que tenemos con nosotros mismos. Nos ahorra, esperamos en algún nivel, el esfuerzo de clasificar y realmente eliminar el equipaje que nos dejó una niñez que fue menos que ideal, y a veces menos que amorosa.

Tales heridas tempranas van acompañadas de una lógica primitiva conocida para los terapeutas como pensamiento mágico. De niños pensamos mágicamente; para una identidad en formación la distinción entre fantasía y realidad, lo que deseamos y lo que obtenemos, es un logro bastante tardío. Hiere a un niño muy pequeño —y mantén en mente que todos los niños, incluso los bebés, son exquisitamente sensibles al ambiente emocional de la familia— y la principal defensa y guardián de la cordura de ese niño se vuelve la creencia en que la herida de alguna manera puede deshacerse mágicamente. Y la manera en que la deshacemos es complaciendo a mamá o a papá, siendo mejores niños, a fin de que quien sea que haya creado la herida nos la quite y nos deje completos otra vez.

Los años pasan, la familia crece, los padres cambian, las circunstancias cambian, pero la herida, desatendida, permanece. Como también permanece el pensamiento mágico que nos escuda del dolor. El dolor puede sentirse tan familiar que nos acostumbramos a él. Pero, ya de adultos, nos encontramos notando substitutos de padres (la "compulsión de repetición" de Freud) seleccionados por nuestro pensamiento mágico, compañeros con los que podamos repetir la vieja danza con la vana esperanza de que esta vez saldrá todo como debiera y nos dejará sin heridas. Nuestra sexualidad le sigue. Y decidimos obedecerle, dando diversas excusas después: "Le dije que no funcionaría pero ella me deseó de todos modos"; "Me sentía solo"; "Pensé que ella era la indicada", y demás.

Obviamente esto es un comportamiento profundamente inconsciente -por ser muy temprano. Lo que es consciente es un fuerte deseo sexual hacia una mujer (u hombre) en particular con la que no obstante no deseamos casarnos. Para algunos, el amor incluso arruinaría la danza porque el resultado predecible, una pareja lastimada, satisface un deseo no reconocido de venganza hacia la figura paterna cuya inaccesibilidad abrió la herida original. (¿Suena innecesariamente dudoso? Trabaja con hombres golpeadores y aspirantes a Don Juan, si piensas que no es una dinámica común).

Aparte del conflicto y sufrimiento innecesarios que toda esta actuación les causa a ambos —y éste es el punto verdadero— sucumbir al pensamiento mágico y estar con una amante con la cual uno no tiene intenciones serias evita que nuestras viejas heridas sanen jamás. Las consecuencias van más allá de unos cuantos escozores emocionales o incluso el riesgo de enfermedad venérea o SIDA. Al quedar atorado en una vieja danza atiborras la temprana rabia no procesada, la traición, la impotencia, el miedo, el vacío, el abandono y la ansiedad básica, y al atiborrarlos los confinas a la inconsciencia, en donde se pudren. Tú te haces más viejo, pero nada cambia.

Mientras tanto, a fin de cuentas tu pareja se larga, amargada por tu incapacidad para el amor o la intimidad; y tú, con tus propios estereotipos confirmados, tienes una carga fresca de desconfianza, resentimiento, futilidad y culpa ("¿Por qué siempre soy yo el malo de la película?") agregada a lo que de por sí cargas. Nada sana.

Si en tal caso has practicado esta danza y estás cansado de ella, de reaccionar en lugar de actuar, entonces no atiborres las heridas durmiendo con cualquiera o mediante cualquier otra evasión autoanestesiante, que para los hombres a menudo se presenta como adicción al trabajo, alcoholismo, adicción cibernética, autoaislamiento, cuidados codependientes o adicción a la televisión. Mira hacia adentro, observa de la mejor manera posible ese agujero en tu corazón, y déjalo sangrar. Haz uso de cualquier cosa que te ayude: un diario, ejercicio, libros de autoayuda, arte, música, buena terapia, recursos espirituales, amigos comprensivos. No seas un mártir, no regreses los golpes, no sobreanalices, no te quejes, sino valida ese impulso sexual familiar sin agobiar a otra figura paterna con él, y luego abraza el dolor implícito cuando salga a la superficie. Y cuenta con ello: saldrá a borbotones. Síguele el rastro para ver de dónde vino y quién te lo dejó y por qué. Siéntelo fluir a través de tu mente, tu pecho, tu cuerpo. Déjalo sangrar, déjalo sangrar.

Haz esto y llegará el día en que mirarás dentro y encontrarás que el agujero se ha cerrado, el pensamiento mágico se ha silenciado, el dolor se ha desbaratado convirtiéndose en energía, y las heridas sexualizadas se han secado.

Si no por la presencia de estas cosas, entonces reconocerás ese día por una ausencia: la ausencia del tipo de parejas hacia quienes solías sentirte atraído, y quienes solían sentirse atraídas por tí.

Cómodo contigo mismo estando solo, quizás entonces te sientas listo para comenzar una relación que sea de verdad.





© 1998, Craig Chalquist





domingo, 9 de enero de 2005

Comentarios sobre el artículo "El Sabbath de las Mujeres" de Lara Owen

por Craig Chalquist



Traducción de Cheryl Harleston









Siendo un hombre que ha intentado aprender tanto del pensamiento feminista como de la sabiduría personal de amigas feministas, a menudo me he sentido disuadido por los innumerables clichés. Los opresores chauvinistas. Las jerarquías de poder. El psique masculino guerrero. La era dorada pre-moderna de sacerdotisas y diosas. El hombre que "sólo quiere una cosa". El marido que "ayuda" en la casa, que mantiene el control de la cuenta de cheques, que quiere a su mujer fuera de la escuela y dedicada sólo al hogar. En pocas palabras, el que no es hombre sino un niño que finge ser hombre, y sobre cuya cabeza vacía las mujeres enojadas han amontonado la suma de toda la rabia, traición y desilusión reprimidas, sentidas por todas las de su género desde los tiempos de Eva.

El hecho que la gran mayoría de los hombres que veo en terapia de grupos de hombres y de parejas en efecto SON tales niños y por lo tanto blancos legítimos de tal rabia, no altera la verdadera naturaleza atrás de inculpar a otro ser humano por la propia pérdida de poder y sensación de obstrucción: el quejarse. Demasiada literatura feminista reciente —o la que pretende serlo— resuena con tales plañidos, la perpetua lamentación de la víctima crónica, y ya estoy harto de oírla.

De ahí la importancia de los escritos que ennoblecen a la mujer en lugar de degradarla y convertirla en mártir impotente en un mundo dominado por los hombres. El don del punto de vista de Lara Owen es que embellece y simboliza precisamente el ciclo femenino que más comúnmente es visto por los hombres inmaduros y las mujeres influenciadas por ellos como un horror demasiado aterrador para ser siquiera discutido: la menstruación.

En muchas culturas y épocas, el psique primario respondía a la sangre como una maravillosa metáfora de potencia, vitalidad, fuerza vital, clan vital, gracia líquida, fuego fluyente, espíritu fluído. Los rituales de sangre permitían una comunión tangible con las fuerzas más profundas de la vida, una incorporación personal o tribal del alimento espiritual. Pero cuando nosotros los occidentales separamos el psique-espíritu del cuerpo, una tendencia que ya era evidente en el tiempo de Platón y que fue ampliada por el famoso pensamiento patriarcal, empeoró por las formas autoritarias del Cristianismo y fue confirmada por Descartes, Hobbes y el resultante materialismo científico, para el cual nada era real si no podía ser medido, y perdimos nuestra capacidad del tipo de reverencia del cuerpo que nos "aterroriza" y que está ligada con la capacidad de pensar por medio de la intuición y el mito.

Lara Owen contribuye a la creciente tendencia de hoy en día a volver hacia la tierra y a los mitos, transformando un proceso corporal considerado tabú en una realidad rítmica potencialmente autoafirmante. El sangrado es despojado de las connotaciones desagradables —muchas de las cuales se derivan de una combinación de los remanentes de las actitudes en contra de las mujeres, el odio pascaliano hacia el cuerpo y determinadas asociaciones de la sangre como algo que debe ser derramado—, y es ritualizado y espiritualizado. Es una manera de reconectarse con la tierra y pasar tiempo con uno mismo. También le recuerda a uno, a un nivel tan profundo que es celular, del propio y permanente formar parte de la eterna comunidad de las mujeres y de la participación en el arquetipo de la Mujer como Ser, el centro generativo transpersonal de la relación psíquica-somática conocida actualmente como la identidad personal auténtica.

En esta comunión, quizás un antiguo paralelismo femenino con "Bebedla toda, pues ésta es mi sangre", los hombres —cuya admiración hacia los poderes místicos de la femineidad y la maternidad se convierte con tanta facilidad en una compensación temerosa y exagerada a través de contra-creaciones como la mano de obra, las armas y la jerarquía— podrían aprender a mantenerse cerca como compañeros respetuosos y sensibles. Pero el misterio interior del ciclo sagrado del nacimiento y la sangre pertenece únicamente a cada una de las mujeres.





© 1997 por Craig Chalquist





sábado, 8 de enero de 2005

El Sabbath de las mujeres: Reclamando el poder de la Menstruación

por Lara Owen, M.P.W.

(Parte de este material está incluido en el libro de Lara Owen Her Blood Is Gold: Celebrating the Power of Menstruation Harper San Francisco, 1993)





Solía pensar que mis períodos eran una molestia, una sucia intrusión que incrementaba la lavandería y causaba un montón de síntomas desagradables incluyendo cansancio y dolor debilitante. La menstruación interfería con mi vida sexual, mis actividades atléticas y mi nivel de energía. Causaba cambios erráticos de temperamento, irritabilidad y un mal humor destructivo e imparable. Además costaba dinero en toallas y tampones para absorber la sangre, en ropas arruinadas, en tiempo perdido en el trabajo. Era un saboteador ruin y solapado que siempre llegaba en el momento más inoportuno.

A pesar de esta prédica de aflicción, no estaba totalmente en su contra. Cuando mi período llegaba, había siempre una parte de mí que se sentía complacida. Significaba que estaba saludable y fértil y que todo estaba funcionando apropiadamente. Sangrar me producía cierto orgullo que sentí intensamente durante mi primer período, pero ante la ausencia de cualquier aprobación externa, aquel sentimiento placentero desapareció gradualmente.

Una amiga judía me contó que cuando tuvo su primer período su madre la abofeteó. Con asombro ella reclamó: "¿Por qué hiciste eso?" Su madre respondió: "No lo sé, mi madre hizo lo mismo, es la tradición". Recibir una bofetada cuando una se vuelve mujer: ése es un punto interesante acerca de cómo es vista la naturaleza femenina. Tal vez se trate de un intento por eliminar el sentimiento de orgullo que llega con la primera sangre.

Algo más acabó por quitarme el sentimiento de orgullo y creo que fue la ausencia de ceremonia. Sentía internamente que algo verdaderamente asombroso y mágico estaba ocurriendo, y sin embargo todos a mi alrededor lo trataban como algo trivial. Tenía una sensación de logro, con tintes de excitación, curiosidad y pena. También recuerdo una vaga conciencia de un futuro vasto y desconocido. Intuitivamente sabía que era un acontecimiento muy importante en mi vida, y no obstante nadie dijo nada al respecto, excepto para darme algunas toallas sanitarias. Creo que mi madre se sintió complacida —después de todo, significaba que estaba sana y creciendo normalmente— pero yo necesitaba más que eso. Necesitaba una ceremonia, una fiesta, algún gozoso reconocimiento público de este gran evento en mi desarrollo. Pero nada sucedió. Conforme pasaban los meses sentía cada vez más la vergüenza y cada vez menos la excitación y el orgullo que habían brillado momentáneamente con la primera sangre.

En casa, mis períodos eran algo que debía mantenerse oculto de mi padre y mis hermanos. Si tenía que mencionarlo, hablaba en voz baja y preferiblemente con mi madre a solas. Poco después de iniciados mis períodos, durante un viaje familiar, tuve que pedirle a mi padre que detuviera el auto pues necesitaba ir a la farmacia. Por supuesto que quiso saber qué necesitaba comprar. Recuerdo un sentimiento horrible cuando le dije que necesitaba comprar toallas sanitarias. Era una peculiar mezcla de vergüenza, orgullo y pena absoluta. Él se portó muy bien al respecto, según recuerdo, y nunca dijo nada que me hiciese sentir avergonzada. Pero de alguna manera esa vergüenza siempre estaba en el fondo de mis pensamientos, y afectó toda mi relación con el mundo externo.

En la escuela, la menstruación era algo que no debía ser mencionado sino en clase de biología. Toda la información que recibí acerca de la menstruación era puramente física. Había período porque no había embarazo, y el flujo menstrual era simplemente el revestimiento descartado que el útero producía para un posible feto. Mis amigas y yo lo discutíamos y, en ausencia de mayor información, decidimos que el cuerpo femenino estaba pobremente evolucionado —toda esa sangre y ese escándalo por años y años, cuando sólo necesitabas tenerlo una o dos veces para tener niños.

La imagen que la sociedad me dio a través de la publicidad era confusa. Los anuncios de tampones mostraban ágiles chicas en bikinis corriendo alegremente hacia el mar y muchachas en ajustados jeans blancos saltando a caballo. Esto no correspondía para nada con mi experiencia de letargos y cólicos, y sabía que ninguna mujer en su sano juicio confiaría tanto en un tampón como para salir a pasear en pantalones blancos. ¡Bah! Seguramente fueron hombres quienes escribieron esos anuncios.

Aún así yo sentía que debía ser como las muchachas de los anuncios de Tampax y que algo malo había en la manera en que mi cuerpo y mente se comportaban —que una muchacha normal no debería sentir diferencia alguna durante su período, y que no había nada que a ella le gustara más que subirse a un caballo y galopar hacia alguna aventura mientras ese bonito tampón le permitía olvidar que estaba menstruando. La vergonzosa realidad era que yo ni siquiera podía introducirme un tampón. No solamente no encajaba en el estereotipo, sino que además estaba mal armada. Me sentí decididamente inadecuada hasta que finalmente lo logré. Entonces comenzó el proceso de imaginarme que yo no estaba menstruando en absoluto.

Consideraba a mis períodos como una inconveniencia y eso era todo. Si eran dolorosos, tomaba un calmante - se llamaba "Feminax" y contenía una poderosa mezcla de ingredientes diseñados para acabar con cada uno de los síntomas de la menstruación, incluso cafeína para menguar la depresión y el letargo. En época de exámenes escolares, conseguía medicamentos para retrasar mi período hasta días más convenientes, cuando el furor de las hormonas pudiera asaltar el lado izquierdo de mi cerebro sin afectar mi futuro académico. Nunca me mencionaron nada acerca de las ventajas de experimentar un estado de conciencia diferente una vez al mes, porque nadie sabía nada.

A los 18 años comencé a tomar la píldora y al principio me complació que mis períodos se aligeraran y se volvieran tan predecibles. Me tomó varios años darme cuenta realmente de que la razón para la ligereza de mis períodos era que se trataba de períodos falsos. Noté que me volvía cada vez más sensible y enojada durante mis supuestas menstruaciones, así que decidí suspender la píldora. Después de un par de meses me sentí "yo misma" otra vez y me di cuenta de que, a pesar de lo conveniente que resultaba la píldora, en realidad me había sentido traicionada con esos períodos ligeros. Ahí fue cuando comencé a darme cuenta de que menstruar era una parte importante de mi vida, un ritmo del cual dependía para mi salud psíquica y física, y que ignoré o suprimí bajo mi propio riesgo.

En otras culturas, en vez de ser ignorada, la menstruación ha sido considerada (y en algunos casos aún lo es) como un tiempo especial y sagrado para las mujeres. La abundancia de símbolos relativos a la mujer encontrados en excavaciones en lugares antiguos de Europa y el Cercano Oriente sugiere de manera enfática que dichas culturas eran matrifocales y reverenciaban a la Diosa y a los procesos del cuerpo femenino. Las prácticas rituales estaban ligadas al sangrado mensual de las mujeres y la sangre menstrual era altamente valorada como poseedora de poderes mágicos. La palabra ritual viene de "rtu", que significa menstruo en sánscrito. En la época anterior al sacrificio de seres vivos, la sangre menstrual se ofrecía en ceremonias. La sangre menstrual era sagrada para los Celtas, los antiguos Egipcios, los Maorí, los primeros Taoístas, los Tantristas y los Gnósticos.

Los Nativos Americanos comprendían muy bien los diferentes sentimientos que las mujeres experimentan cuando menstrúan y para ellos estos sentimientos formaban parte de algo muy importante en los ciclos del cuerpo femenino. Las mujeres se retiraban a un recinto especial a pasar su sangrado. Se le consideraba ser el tiempo en que una mujer se encontraban en el nivel más alto de su poder espiritual, durante lo cual la actividad más apropiada era descansar y acumular sabiduría.

La tribu Yurok del norte de California poseía una cultura espiritual muy desarrollada basada en el ritmo del ciclo menstrual para las prácticas rituales no sólo de las mujeres sino también de los hombres. Las mujeres acostumbraban retirarse "en masa" durante la luna nueva por un período de diez días. Durante ese tiempo los hombres se concentraban en el "desarrollo interno", en ceremonias y meditación. Mientras los adultos estaban ocupados acumulando poder espiritual, los niños eran cuidados por los ancianos de la tribu. Todo el trabajo que los adultos tenían que hacer se concentraba en los otros días del mes.

Cuando los hombres blancos entraron en escena, "el mundo se paró de cabeza". Las actitudes hacia la menstruación cambiaron y las muchachas fueron adoctrinadas por sacerdotes en vez de las ancianas de la tribu. En vez de enseñárseles que una vez al mes sus cuerpos se volvían sacros, se les enseñó que se volvían inmundos. En vez de retirarse a un recinto a meditar, orar y celebrar, se les enseñó que estaban enfermas.

En 1986 conocí a un maestro de las tradiciones Nativo Americanas. Me enseñó que una mujer menstruando tiene el potencial de ser más poderosa física y espiritualmente que cualquier hombre o mujer en cualquier otro momento. Aquello volteó de cabeza mis condicionadas representaciones de la realidad. Yo siempre había experimentado mi menstruación como un período de debilidad y dificultad. ¿De qué podría estar hablando aquel hombre?

Me indicó que cavara un hoyo en la tierra y que le hablara al hoyo de mis pensamientos negativos sobre la femineidad y el sangrado. Dijo que la tierra transformaría la energía negativa que yo sostenía alrededor de mi naturaleza femenina. Me sentí bastante tonta, pero de todos modos lo hice y me sorprendió descubrir cuántos malos sentimientos acerca del ser mujer acechaban dentro de mi mente feminista altamente educada. Este ejercicio fue doloroso pero muy eficaz.

Comencé a ver mi sangre con reverencia más que con miedo, disgusto o indiferencia. Para ese entonces ya no usaba tampones, así que comencé a mirar mi sangre apropiadamente cada mes, en lugar de verla en un desagradable tampón. Vi que era clara y roja, y algunas veces más oscura y con coágulos. Si en verdad liberaba mi visión, entonces podía ver que estaba llena de vida, llena de magia, llena de potencial. Comencé a sentir gozo al pensar en mi sangre, en ser mujer, al pensar que después de todo había algo extraordinariamente mágico y misterioso en habitar un cuerpo femenino. El resentimiento que había sentido durante mi adolescencia por haber nacido mujer y la convicción de que los muchachos eran mejores, palidecieron y fueron reemplazados por una creciente sensación de maravilla frente a las complejidades, posibilidades y profundidades ofrecidas por el ciclo mensual.

Comencé a tomarme tiempo para descansar, meditar y simplemente estar conmigo durante los días de mi período. Me di cuenta de que entonces era particularmente capaz de reflexionar, y que dichas reflexiones eran de una naturaleza sin tiempo. Sentí que me estaba conectando con alguna antigua y vasta fuente de sabiduría femenina, simplemente con sentarme quieta y escuchar mientras sangraba. Tomarme ese tiempo durante mis menstruaciones creó una relación muy diferente con mi cuerpo. Mi salud mejoró y poco a poco los cólicos que había sufrido durante la mayor parte de mi vida se mitigaron, y mi período se volvió un tiempo de placer más que de dolor.

Estaba comenzando a quererme a mí misma verdaderamente. Por supuesto que uno no puede obligarse a hacer esto, del mismo modo que uno no "hace" que otra persona lo quiera a uno. Comenzó a suceder de manera muy gradual, y mucha gente que se atravesó en mi vida me ayudó a ver con más claridad. Pero lo importante al principio fue el conocimiento de que la menstruación es una fuente de poder. Esta invaluable pieza de información, junto con el fuerte instinto que tenía acerca del poder del útero, transformaron mi profunda y en su mayor parte inconciente falta de autorespeto.

Pensar en la menstruación como una fuente de poder para las mujeres iba completamente en contra de mi condicionamiento, y sin embargo sabía en mi corazón que era verdad. Me di cuenta de que había muchísima energía en la dicotomía entre lo que nos enseña nuestra cultura y mi reacción instintiva de "¡Claro que sí!" a esta sabiduría ancestral. Cuando se localizan los puntos donde la cultura se separa de una verdad natural, se habrá encontrado una llave, un pasaje hacia las enfermedades de dicha cultura. Comencé a entender que la hendidura entre la sabiduría y el poder de la menstruación que yo estaba percibiendo y las actitudes de la sociedad moderna con respecto al útero, se situaba en el corazón de la subyugación y la negación de la realidad y la experiencia femeninas.

Para muchas mujeres, la raíz de su infelicidad yace en la dolorosa relación con los procesos de ser mujer. Las mujeres son entrenadas para esconder a cualquier costo el hecho de que menstrúan. Las manchas de sangre en la ropa constituyen una horrible vergüenza. Nadie dice nunca: "No quiero ir a trabajar o a la fiesta porque estoy menstruando", a menos de que se sienta enferma por ello y en ese caso por lo general dirá que tiene dolor de cabeza o un problema digestivo.

Cuando el útero y la menstruación son vistos únicamente como una incómoda necesidad biológica, la autoestima de las mujeres es correspondientemente baja. Nosotros somos nuestros cuerpos, y no podemos realmente amarnos en lo profundo de nuestros corazones si no amamos nuestros cuerpos sinceramente. Y no amas tu cuerpo si te sorprendes diciendo "¡Oh, no! ¡Me bajó la regla!"

En el siglo XIX, la menstruación era vista por los médicos como un signo más de la inferioridad y debilidad de las mujeres. Sin embargo, por lo general hay al menos un chispazo de verdad en cualquier ideología, y los médicos de la era Victoriana no estaban completamente equivocados cuando señalaban la importancia de la menstruación con respecto a la salud general de las mujeres, de la relación entre útero y psique, o de la cordura de descansar durante los períodos. Hemos tendido a rechazar todo esto porque nos recuerda el tiempo en que las vidas de las mujeres estaban más controladas por los hombres, y porque revive los viejos argumentos que mantuvieron a las mujeres atadas a la casa y sin ingerencia en el mundo exterior. También hemos rechazado con bastante razón la idea de que los procesos naturales de ser mujer constituyen una enfermedad. Pero decir que algo no es una enfermedad e ignorarlo por completo no necesariamente son la misma cosa. Al ignorar la menstruación como reacción a las ideas de la era Victoriana, quizás hemos perdido contacto con un persistente hilo de conciencia de su valor en la vida de las mujeres.

Los cambios que han tenido lugar en la vida de las mujeres durante los últimos treinta años podrían parecer una revolución, pero en muchos casos han sido más bien una asimilación. Las mujeres que buscan poder en un mundo masculino han tenido la tendencia de hacerlo convirtiéndose en pseudo-hombres. Y quizás inadvertidamente el feminismo ha desempeñado un papel en la supresión de la menstruación. Uno de los miedos más grandes que he encontrado en mujeres exitosas y ambiciosas cuando hablo de las ideas antiguas del poder de la menstruación, es que esto afecte de algún modo su mito de ser "tan buenas como los hombres y a veces mejores". Muchas mujeres no quieren profundizar en el tema de la menstruación, asustadas de lo que pudieran descubrir. Les parece mejor suprimir sus sentimientos con tranquilizantes, rociarse con desodorantes vaginales para disfrazar el olor de la sangre, anestesiar su dolor con químicos, y absorber su sangre con tampones de modo que no tengan que verla. Es más fácil ser una mujer exitosa en un mundo de hombres si apenas reconoces que menstrúas.

La tecnología de la supresión —tampones, desodorantes vaginales, calmantes sofisticados y drogas antidepresivas— ha actuado junto con el mito de la supermujer para crear una actitud cultural predominante de que una mujer menstruando no es diferente de la que no menstrúa. El problema con todo esto es que simplemente no es verdad. Cualquier mujer remotamente en contacto con su cuerpo sabe que cuando está menstruando, y por lo general días antes, se siente distinta. Y éste es un hecho de la naturaleza que no puede ser negado.

Uno de los aspectos de la menstruación que ahora amo y aprecio es la predecible imposibilidad de predecirla. Una nunca sabe cuándo vendrá exactamente y algunas veces te toma completamente por sorpresa. Y no sólo no toma en cuenta los horarios sino que además es un lío. Tratamos tanto de ordenar y hacer sanitaria la vida moderna que corremos el riesgo de que no quede vida en nosotros. Las menstruaciones nos salvan de ese destino —son un aspecto salvaje y primitivo, crudo e instintivo, sangriento y eterno de lo femenino— y ninguna cantidad de "civilización" cambiará eso. Mi período es un acontecimiento mensual en mi vida que tengo en común con todas las mujeres que han vivido. Las mujeres que vivían en cuevas hace 20,000 años, las sacerdotisas en las pirámides del antiguo Egipto, las videntes de los templos de Sumeria: todas ellas sangraban con la Luna. La primera mujer que produjo el fuego pudo haber estado menstruando en esa ocasión. Eso es algo en qué pensar. Si la menstruación es un tiempo altamente creativo para las mujeres en el aspecto psíquico y espiritual, quién sabe cuántos regalos habrá recibido la humanidad de las mujeres durante sus períodos.

El valor que asignamos a la menstruación tiene correlación directa con el valor que nos asignamos como mujeres. Y esto afecta a los hombres también. Pensamos que los sexos están separados, y de algún modo así es. Pero por otro lado todos somos parte de la misma gran sopa humana, y el modo en que las mujeres se ven a sí mismas y son vistas afecta también a los hombres. Tal pareciera en la superficie que los hombres han tenido la ventaja durante los pasados varios miles de años, pero eso es verdad sólo desde cierta perspectiva. Tanto hombres como mujeres han sacado provecho y han sufrido por los desequilibrios de la sociedad patriarcal. También los hombres han sido separados de sus cuerpos y de sus sentimientos, y del placer y curación que son posibles cuando se dan relaciones basadas en la cooperación más que en la jerarquía y la dominación.

Imagina un mundo en el que hombres y mujeres trabajen juntos para desarrollar el sentido de paz interna que se produce al sentarse quieto un par de días al mes; un mundo en el que los hombres apoyen a las mujeres para que pasen algunos días en calma y silencio; un mundo en el que la sangre menstrual sea otra vez un fluido mágico con el poder de nutrir la vida nueva; un mundo en el que la menstruación sea entendida como el Sabbath de las mujeres —un espacio natural dentro de un ciclo lunar para el retiro, la introversión y el trabajo interno; un mundo del cual las mujeres emerjan como la misma luna nueva, renovadas y mudadas de la vieja piel.

Hace algunos años tuve la oportunidad de pasar largas temporadas sola en un lugar hermoso en las Sierras a orillas del Lago Tahoe, un lugar vasto y azul sagrado para los Indios. Comencé a retirarme por completo cuando tenía mi período, quedándome quiera y sola, sentada en la tierra bajo el sol, con lagartijas y grajos azules como compañía, con el viento y la luna y el sol, las ondas y los colores de la superficie del lago guiándome y entreteniéndome. Viajaba dentro de mi psique y me encontraba repentinamente llorando por algo olvidado hace mucho, algún suceso de mi niñez o adolescencia. Mi período se volvió un tiempo en el que era particularmente capaz de abrirme al material psicológico y a soltar emociones. Noté que después de los primeros días de sangrado me quedaba muy quieta y callada durante aproximadamente un día, y aparentemente no sucedía nada, un espacio vacío después del llanto y los recuerdos. Luego, conforme mi período terminaba, había varias horas de claridad en las que era particularmente creativa y abierta a información acerca del futuro, por lo general del mes siguiente, pero a veces más adelante aún.

Este patrón continúa, aunque usualmente es menos intenso hoy en día. Gran parte de los embrollos psicológicos que guardaba profundamente han sido soltados —probablemente tanto como mi psique quiere hacerse cargo en esta etapa de mi vida. Ahora me siento más actualizada conmigo misma, así que hay menos cosas que soltar, por lo general son simplemente cosas a las que me he aferrado durante el último mes. Todavía lucho con el tiempo vacío y a menudo comienzo a hacer cosas, imaginando que no está sucediendo nada internamente, sintiendo que sería mejor regresar a mis actividades en el mundo externo. Con frecuencia esto tiene repercusiones y encuentro que logro muy poco y gasto mucha energía. Es difícil sentarse quieta cuando no surge nada en qué trabajar, me es difícil honrar ese vacío aunque sé que precede a la creatividad, la inspiración y la percepción interna. Todo es parte del proceso, pero se trata de una parte sin dramatismo y aún tengo la tendencia de tratarlo sin miramientos.

No suelo practicar la meditación todos los días. Prefiero ajustar mi tiempo de contemplación a mis propios impulsos. Cuando tengo mi período, a menudo entro en un espacio callado, solitario y meditativo durante tres o cuatro días, y luego mucho menos frecuentemente el resto del mes. Siento esto como un ritmo muy natural para mí, y es por eso que considero el tiempo de sangrado como el Sabbath de las mujeres.



Sangrar en la Tierra

Tradicionalmente, las mujeres Nativo Americanas acudían al recinto de la luna mientras menstruaban y sangraban sobre musgo, sentadas en la tierra. Consideran que la relación entre las mujeres y la tierra es de suma importancia, y dicha relación es nutrida mediante sangrar en la tierra. Cuando las mujeres hacen esto tienen una conexión celular directa con la tierra, lo cual las ayuda a centrarse y a "hacer tierra".

La primera vez que escuché la idea de sangrar en la tierra de una amiga mía, pensé que sonaba un poco tonto, un poco pretencioso. Pero comencé a hacerlo tentativamente, y empecé a sentir un vestigio de conexión con algo muy antiguo. Uno de los problemas que tuve fue averiguar cómo hacerlo. Las mujeres nativo Americanas solían sentarse sobre musgo en la casa de la luna. ¿Dónde se suponía que debía sentarme a sangrar? Aún si encontraba un buen pedazo de tierra donde sentarme, no quería quedarme ahí todo el tiempo. Entonces comencé a usar almohadillas de tela para absorber mi sangre, las que remojaba en agua antes de lavarlas. Me di cuenta de que podía verter el agua de remojo en la tierra, así que eso es lo que hago ahora. El agua es de un hermoso color rojo, y la vierto en la tierra alrededor de las plantas. Este acto me llena con un sentimiento de conexión, de propiedad, de estar en paz con algo que a menudo es hecho a un lado en la vida moderna. Actos simples de valor, sabiduría simple.

Es como cortar leña, arrullar a un bebé, hornear pan o beber de un riachuelo silvestre. Es uno de esos actos de ser un ser humano que está fuera del tiempo, que tiene un valor eterno, parte de estos continuos giros de vida y muerte. Las células que mueren en mi cuerpo y que son transportadas en la sangre menstrual, son alimento para la tierra. Lo que muere da a luz. Lo que muere alimenta a quienes viven y habrán de vivir.

Si ignoro mi sangre me distancio de este conocimiento. Temo a mi sangre y me desagrada, pues si desconozco que también es alimento, que también es un regalo que yo porto, entonces la veo como mera pérdida. Un desperdicio de sangre, un desperdicio de tiempo, un bebé que no fue concebido. Ya sea que desee un embarazo o no, mi sangre es siempre un regalo. Y es un regalo en el sentido literal, así como un regalo psíquico para mí misma. Es un regalo de mi cuerpo a la tierra: la madre que me ha alimentado y nutrido cada día de mi vida.





Bibliografía:"Daughters of Copper Woman", Anne Cameron, Press Gang 1981

"Blood Magic", Buckley & Gottlieb eds., University of California 1988

"The Once & Future Goddess", Elinor Gadon, Harper & Row 1989

"The Woman's Encyclopedia of Myths & Secrets", Barbara Walker, Harper & Row, 1983